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SAI BABA:"LA ENCARNACIÓN DIVINA"



సాయి బాబా: ¨ల ఏణాఱ్ణాఈఓణ్ దివిన¨

lunes, 20 de octubre de 2014

20 DE OCTUBRE DÍA DE LA ANUNCIACIÓN DE LA AVATARIDAD

La Anunciación de la Avataridad

El 23 de mayo de 1940, en Puttaparthi, Sathya se levantó como de costumbre, pero después de unos momentos llamó a todos los miembros de la familia, los reunió en torno suyo y les ofreció caramelos y flores sacados “de la nada”. Al poco rato comenzaron a llegar los vecinos, y a cada uno le dio una bola de arroz cocido en leche, dulces y flores que materializaba con un mero movimiento de su mano. Sathya parecía estar de muy buen ánimo y alguien fue a llamar a Venkappa Raju para que fuera a ver a su hijo. Venkappa llegó y se abrió paso entre el gentío que se había reunido; muchos le indicaron que debía ir a lavar sus pies, manos y rostro antes de acercarse al Otorgador de Dones. Esto lo enojó. No se sentía en absoluto impresionado; pensó que se trataba de algún truco, que Sathya escondía los objetos y los hacía aparecer con un juego de manos… Esto fue lo que me confesó al hablar sobre aquel día. Lo único que deseaba era concluir ese enojoso asunto antes de que terminara en alguna tragedia. Con una sonrisa de amargura enfrentó a su hijo y le dijo en voz alta, para que lo escucharan todos: “¡Esto ya ha ido demasiado lejos y levamos a poner fin!”. Tomando un palo, avanzó un paso hacia el niño y amenazó con golpearlo, gritándole al mismo tiempo: “¿Qué es lo que eres: un dios, un espíritu o un loco? ¡Dímelo!”. La respuesta, el anuncio contenido por tanto tiempo, no se hizo esperar: “Yo soy Sai Baba”. Ante esto, cualquier argumento se volvió imposible. Venkappa Raju quedó tan atónito que perdió el habla; el palo cayó de su mano. Se quedó allí, mirando fijamente a Sathya, tratando de comprender las implicaciones de este anuncio: “Yo soy Sai Baba”. Pero Sathya continuó: “Pertenezco al linaje de Apasthamba; soy del dan de Bharadwaja; soy Sai Baba; he venido para protegerlos de todo problema; mantengan sus casas limpias y puras”. Toda esa tarde repitió varias veces los nombres del linaje y del dan o grupo religioso. El hermano mayor, Seshama Raju, se le acercó y le preguntó: “¿Qué quieres decir con Sai Baba?”. Sathya no le contestó, sólo le dijo: “Venkavaduta elevó sus plegarias para que Yo naciera en su familia, y por eso he venido”
¿Quién era este Venkavaduta? Cuando le pregunté a Seshama sobre él, me informó que en la familia había una historia acerca de un gran sabio antepasado que se llamaba Venkavaduta, considerado como Gurú por cientos de aldeanos en kilómetros a la redonda, y que había terminado sus días en Huseinpura, en el estado de Mysore. El padre tuvo la idea de que Sai Baba era un musulmán que hablaba por la boca del niño, de modo que le preguntó: “¿Qué es lo que tenemos que hacer contigo?”. La respuesta que recibió fue la siguiente: “¡Adórenme! ¿Cuándo? ¡Todos los jueves! ¡Mantengan puras sus mentes y sus casas!”.Los aldeanos oyeron con temor y extrañeza el nombre de Sai Baba. Cuando empezaron a indagar al respecto, dieron con un anacoreta que se decía ardiente devoto de un faquir llamado Sai Baba. Se propuso que Sathya fuera llevado ante él, pues era reconocido por saber todo lo concerniente a Sai Baba, y podía ser que descubriera el mal que sufría Sathya y sugiriera una solución. El anciano condescendió en ver al niño, pero no se mostró de humor para examinar sus méritos. Dictaminó que se trataba de un caso claro desorden mental y aconsejó que se lo internara en una institución apropiada. Sathya lo interrumpió diciendo: “¡Claro que es un desorden mental!, pero, ¿de quién? ¡No eres sino un sacerdote familiar y eres incapaz de reconocer al mismo Sai a quien estás adorando!”. Y mientras decía esto comenzó a sacar puñados de vibhuti (ceniza sagrada) de la nada y a esparcirlos en todas direcciones en la habitación en que se encontraban.
Un jueves después, alguien desafió a Sathyanarayana y le dijo en el mismo modo en que los campesinos se dirigían al sacerdote del templo del pueblo cuando bailaba en éxtasis al estar, aparentemente, poseído: “Si eres Sal Baba, danos alguna prueba ahora”. Baba le respondió: “Sí, lo haré”, y todos se acercaron más. El ordenó: “Pongan en mis manos esas flores de jazmín”. Así se hizo. Con un rápido ademán, las lanzó al suelo y dijo:”Miren”. ¡Todos vieron que al caer, las flores habían formado unas letras en idioma telugú que decían: “Sai Baba”

El hermano de Sai Baba, Seshama, Lo persuadió para que regrese a Uravakonda para seguir sus estudios. Los jueves se convirtieron en grandes acontecimientos en Uravakonda. Sathya asombró a todos cuando comenzó a “materializar” retratos de Sai Baba de Shirdi, retazos de la tela de gerua que llevaba, y dátiles, que eran las ofrendas que se acostumbraban hacer en Shirdi, así como flores, frutas, trozos de azúcar blanca y ceniza (udi), sacados también de la nada, y no de la hoguera, como lo hacía Baba de Shirdi.
Un buen día, los maestros de la escuela superior llegaron en grupo, decididos a probarlo con una sede de preguntas respecto del Vedanta, la disciplina espiritual, etcétera, que habían seleccionado y preparado con este propósito. Se las plantearon directamente, lanzándoselas desde todos los ángulos, sin orden ni concierto. Cuando terminaron, El les entregó las respuestas en el mismo orden en que le habían sido planteadas las preguntas, dirigiéndose en cada caso al profesor que la había hecho y pidiéndole que pusiera atención a la respuesta que le daría. Aparte de lo correcto y adecuado de las contestaciones que fue dando, su precisión al recordar a cada uno de sus interrogadores con sus respectivas preguntas, ya constituía una proeza intelectual. Fue entonces que se recibió una invitación de algunos hombres de Hospet, la cual le dio una idea a Seshama Raju. El asistente del inspector de escuelas, el oficial de salud, el ingeniero y algunos consejeros municipales y comerciantes deseaban que Sathyanarayana fuera a verlos. Hospet queda a algunos kilómetros de distancia de las ruinas de Hampi, la capital del antiguo imperio de Vijayanagara. El hermano pensó en aprovechar esa oportunidad para un paseo campestre que podía ayudar a mejorar las condiciones mentales del niño. La fecha era propicia, ya que coincidiría con el feriado de Dasara (festival que celebra la victoria del bien sobre el mal).
Acamparon en medio de las ruinas. Se pasearon por las calles, alguna vez flanqueadas por tiendas de joyeros y floristas, recorridas por hombres y mujeres de todas las naciones de Oriente y por viajeros y comerciantes del Medio Oriente y el Mediterráneo. Visitaron los establos de los elefantes, el Palacio de las Reinas, el monte Vijayadasami, y luego se dirigieron al templo de Vittalanataswami. Miraron el cerro de piedra, el monolítico Narasimha y el gigantesco Ganapati. Finalmente, llegaron hasta el templo del Señor Virupaksha, el dios patrono de los emperadores Vijayanagara, quienes habían venerado y protegido la cultura hindú por casi tres siglos, desde 1336 a 1635.Todos notaron que, durante la mañana, Sathya caminó entre las ruinas como si anduviera en un sueño. Un venerable sabio que estaba sentado frente a uno de los templos, comentó sobre él: “Créanme, este niño es divino”. Cuando el grupo se dirigió al templo de Virupaksha, Sathya se unió a ellos, pero se mostró más interesado en la altura y majestuosidad del Gopuram que en participar en el culto en el altar, de modo que se quedó afuera y nadie insistió en que entrara con los demás. En la ceremonia, luego de que balanceó la llama de alcanfor frente al altar del lingam  (símbolo oval de la Creación), el sacerdote les indicó a los peregrinos que podían acercarse para mirar la imagen sagrada, ya que las llamas la iluminaban. ¡Para gran asombro de todos, vieron a Sathya dentro del altar! Estaba de pie en el lugar del lingam, inmóvil y sonriente, aceptando sus reverencias. Todo se estaba volviendo tan extraordinario e inesperado en tomo del “niño”, que Seshama Raju fue en su busca, para cerciorarse de que no se había escondido en el santuario sin que nadie se diera cuenta. De modo que salió rápidamente sólo para encontrar a Sathya afuera, apoyado en un muro y con la mirada perdida en el horizonte… La estupefacción de los miembros del grupo es más fácil de imaginar que de ser descripta. Ese día realizaron un ritual especial para Sathya, aunque no era jueves, porque sentían que se confirmaba el hecho de que era una manifestación divina. Hospet bullía de expectación y agitación. El relato de que Sathya había sido visto como Virupaksha ya había llegado hasta allá, antes de la llegada del grupo.
Al día siguiente, un jueves, Sathya, como Sai Baba, sanó a un tuberculoso crónico con un mero toque de su mano y lo hizo levantarse y caminar más de un kilómetro. Para los devotos, materializó una gran variedad de objetos, con lo cual el entusiasmo de la gente era desbordante. Los cantos devocionales se prolongaron hasta altas horas de la noche, ya que nadie mostraba ánimos de terminar  ¡La historia comenzaba a susurrar en sus oídos para que se desvinculara de todo y se expandiera hacia los cuatro puntos cardinales! Había terminado el período de prueba que Sal Baba había concedido a quienes lo rodeaban. Había llegado el momento en que debía emerger, ser Sai para siempre y para todos.
El 20 de octubre de 1940, un día después de que todos regresaron de Hampt en un autobús especial, Sathya partió hacia la escuela como era habitual. Sri Anjaneyulu, el inspector de impuestos del lugar, que quería mucho al pequeño Baba, lo acompañó hasta la puerta de la escuela y siguió su camino con cierto pesar. Le había parecido ver un maravilloso halo en tomo del rostro de Sathya ese día, y no podía apartar la mirada de aquel resplandor. A los pocos minutos, Baba volvió a su casa. Parado en la puerta de entrada, dejó caer los libros que traía y, levantando la voz, dijo: “Ya no soy más Sathya, ¡soy Sai!”.Su cuñada salió de la cocina al escucharlo y quedó cegada por el resplandor del halo que vió en tomo de la cabeza de Baba. Se cubrió los ojos y se puso a gritar. Baba se dirigió aella y le dijo: “Me voy. No les pertenezco; Maya (la ilusión) se ha ido. Mis devotos me llaman. Tengo que realizar mi labor. No puedo quedarme más”. Y diciendo esto, giró sobre sus talones y se marchó, pese a las súplicas de ella. Al saber lo sucedido, el hermano volvió de prisa a la casa. Se encontró con Baba y éste le dijo: “Renuncia a tus empeños por ‘curarme’. Yo soy Sai, no me considero emparentado contigo”.  Narayana Shastri, uno de los vecinos, escuchó el alboroto y al oír lo que se decía, se dio cuenta de que era algo serio, de modo que entró corriendo; vio el resplandor del halo que rodeaba a Baba y cayó a sus pies. Fue uno de los que escuchó la histórica declaración: “La ilusión ha desaparecido. Me voy. Mi labor me espera”.
Seshama Raju quedó estupefacto, no había qué hacer para enfrentar esa nueva situación. Un muchachito de apenas catorce años, que hablaba de devotos, de trabajo, de ilusión y de la filosofía del pertenecer… Sólo pudo pensar una cosa: Sathya le había sido confiado por sus padres y, por lo tanto, era su deber informarles; Sathya podría abandonar la casa únicamente después de que ellos vinieran a Uravakonda. Pero Sathya no quiso volver a entrar en la casa, sino que se fue al jardín de la del inspector de impuestos y se sentó sobre una roca en medio de los árboles. De todas partes comenzó a llegar gente que llevaba flores y frutas; toda el área resonaba con las voces de cientos de seres que cantaban a coro las líneas que Sathya Sai les enseñaba. La primerao ración que les enseñó aquel día, como muchos recuerdan aún, fue “El Llamado”:
Manasa Bhajare Gurucharanam;
Dusthara Bhava Sagara Tharanam
(“Medita en tu mente a los pies del Gurú;
porque ellos te pueden llevar a través del tormentoso mar del mundo físico”)

Sus compañeros de clase lloraron amargamente cuando supieron que Sathya ya no seguiría asistiendo al colegio, que estaría fuera de su alcance y que, de ahí en adelante, su compañía sería únicamente para aquellos sobre los que derramara Su Gracia. Muchos de ellos llegaron hasta el jardín con incienso y alcanfor para adorarlo. Algunos venían a expresar su comprensión condolida a la familia y otros a felicitarlos. Algunos venían a aprender, y otros, obviamente, a burlarse. Así pasaron tres días en aquel jardín: tres días de cantos devocionales y de ceremonias. Vino un fotógrafo con su cámara. Mentalmente pidió que Baba quitara una roca que había enfrente de él, pero Baba no respondió a su plegaria. De todos modos, apretó el disparador y, ¡he aquí que la roca se había transformado en una imagen de Sai Baba de Shirdi! Pero sólo en la fotografía, no para todos los que estaban reunidos allí. Una tarde, durante el transcurso de los cantos devocionales, Baba dijo repentinamente: “¡Oh, Maya (combinación de realidad y ficción) ha venido!”, e indicó hacia Eswarama, su madre, que había llegado en esos momentos, en un apresurado viaje desde Puttaparti. Cuando sus padres se acercaron a Él para rogarle que volviera a casa, contestó: “¿Quién le pertenece a quién?”. La madre lloraba y rogaba, pero no pudo cambiar la resolución del niño. El no hacía sino repetirle: “¡Todo es ilusión!”. Por último, le pidió que le sirviera comida. Cuando le sirvió algunos platos, El mezcló todo y luego procedió a amasarlo para formar algunos bollos. Su madre le dio tres de ellos y luego de ingerirlos, El dijo: “Sí, ahora Maya se ha ido. Ya no hay necesidad de preocuparse”, y retornó al jardín. Pocos días después, Baba abandonó Uravakonda. Sus padres lograron persuadirlo para que volviera a Puttaparti, asegurándole que no lo importunarían más ni intervendrían en su actividad de reunirse con devotos. Sri Subamma y Ramaraju de Kamalapur supervisaron todos los arreglos. Los aldeanos organizaron una procesión con música hasta los límites del pueblo y en muchos lugares se le ofreció el Arathi durante el recorrido. En Puttaparti, Subama fue la primera persona en darle la bienvenida en su casa. Baba se quedó por algún tiempo en la casa de Pedda Venkappa Raju y más tarde se mudó a la residencia de Subaraju, el hermano de Eswarama. Sin embargo, muy pronto se cambió a la casa de Subama, quien lo atendía con amor y afecto y recibía a todos los devotos en su espaciosa casa; no escatimaba ningún esfuerzo para hacer que su estadía fuese feliz y fructífera.

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